El sistema inmune es vital para nuestra supervivencia pues entre sus funciones está la de defender nuestro cuerpo de microorganismos y sustancias potencialmente nocivas para la salud. Y teniendo en cuenta la cantidad de virus, bacterias, hongos, parásitos… con los que estamos en contacto y convivimos, su buen funcionamiento puede suponer la diferencia entre nuestro bienestar o la aparición de síntomas y el desarrollo de enfermedades.

 

Hablando de primera línea de defensa, pensemos en la importancia que tiene nuestra piel y las mucosas, donde existen enzimas y proteínas, determinados grados de pH… barreras físicas y químicas que en cierto modo, ponen las cosas difíciles a los microoganismos potencialmente patógenos.

No obstante, cuando algo va mal, por ejemplo ante una herida o una mucosa irritada (por fumar, tomar determinados medicamentos, por sensibilidad al gluten…), nos encontramos en una situación en la que se requiere el sistema inmune. Y aquí es donde entra en juego, de forma rápida y de un modo no específico (luego aclararemos ésto) el sistema inmune innato. Supone pues la primera barrera de defensa del sistema inmunitario y está encabezada por células inmunitarias como neutrófilos, macrófagos, eosinófilos, mastocistos y basófilos. Cada una de ellas tiene una función específica que no entraremos a desarrollar. Pero sabed que participan desde procesos alérgicos, a la fagocitosis de bacterias (las “engullen” para destruirlas) y el ataque a organismos más grandes como los parásitos.

La naturaleza es apasionante y desarrolló un segundo mecanismo de acción en el sistema inmune, en caso de que las barreras y el innato no fueran suficientes. Se trata del sistema inmune adquirido o adaptativo, y lo que lo caracteriza es fundamentalmente su especificidad y su memoria.

El sistema inmune adquirido está formado por los linfocitos que se desarrollan en distintos subtipos según las señales de alerta percibidas por el sistema inmune innato. Van a desarrollar anticuerpos específicos contra antígenos determinados y desarrollarán moléculas de memoria, para actuar con mayor contundencia y celeridad en caso de que una infección con el mismo patógeno vuelva a repetirse.

Podeis imaginar la importancia que cobra entonces, mantener una adecuada respuesta inmune que sea contundente y rápida en un primer momento, y si eso no es suficiente, que sea eficaz en una segunda etapa con capacidad de volver a la calma una vez neutralizada la alerta.

De hecho, muchos problemas de salud actuales, se sustentan en una alteración en el funcionamiento del sistema inmune. Desde inflamación que no termina de resolverse y que al continuar en el tiempo, puede llegar a producir problemas de regulación dando lugar a la aparición de procesos alérgicos o de autoinmunidad.

La salud de nuestra inmunidad está fuertemente ligada a la de nuestra microbiota y a la idoneidad de nuestros hábitos. El estrés, el sedentarismo, la malnutrición, el sobrepeso, los tóxicos… son grandes agravantes que facilitan una activación y perpetuación innecesaria de la función inmune. Y además de signos y síntomas directamente relacionados con ello, es seguro que te encontrarás muy fatigado pues consume una gran cantidad de recursos para intentar resolver la situación que tenga entre manos.

Por eso, si tienes infecciones de repetición (cistitis, herpes, resfriados…), si hay problemas digestivos (hinchazón, diarrea, estreñimiento…), problemas de alergias o autoinmunidad… recuerda que puedes apoyar muchísimo a tu sistema inmune desde tu día a día. También desde la alimentación.

Reserva tu cita en el teléfono 652750076.

Esperanza Gómez, Dietista Integrativa especializada en nutrición prebiótica.

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