Artículo escrito por Esperanza Gómez, Dietista Integrativa y Psiconutrición:

Las restricciones alimentarias exigen un esfuerzo de control cognitivo voluntario para determinar la ingesta de alimentos, para bajar de peso o mantenerlo.

El estrés sentido por la restricción dietética, puede vivirse como emoción negativa y desinhibir el autocontrol de la persona que sigue la dieta.

La percepción del individuo ante esta restricción alimentaria autoimpuesta es de escasez  de alimentos o hambruna y se activan mecanismos de supervivencia muy antiguos como si estuviera en modo inanición. Adaptaciones fisiológicas metabólicas comentadas anteriormente.

Además la persona tiene sentimientos intensos de privación, que le hace vulnerable a abandonar la dieta. Que en sí mismos son fuente de estrés, que sumarán a las propias situaciones estresantes vividas. Cuando se ha sometido a personas a dieta restrictiva a estrés o propiciado emociones negativas, las personas tendieron a saltarse la dieta y aumentaron la ingesta de alimentos en comparación con personas que no estaban haciendo dieta.

Personas con alta restricción dietética no varían la ingesta de calorías en comparación con baja restricción en condiciones normales y de poco estrés, mientras que si se incrementa en situaciones de estrés.

Se ha asociado un aumento de los niveles de cortisol en personas con alta restricción cognitiva. La restricción puede servir como un detonante de la vulnerabilidad en un sistema de recompensa sensible a los alimentos sabrosos.

Una restricción flexible puede ser eficaz en el control de peso y prevenir el consumo de alimentos hiperpalatables. Una restricción rígida, puede conducir a una mayor sensibilización a estos alimentos, favoreciendo conductas compulsivas. Se plantea la hipótesis de agotamiento de los recursos cognitivos necesarios para afrontar situaciones estresantes, lo que afecta su control inhibitorio, a lo que a su vez aumenta la probabilidad de comer en exceso.

La falta de control sobre acontecimientos de la propia vida, puede llevar a un control excesivo y desesperado de la dieta, totalmente ineficaz, seguido de posteriores atracones.

Por tanto, la dieta puede ser considerada como un factor que incrementa el riesgo de alimentación emocional.

Además, el hecho de vivir permanente a dieta y en lucha con las sensaciones corporales de hambre, facilita la desconexión con sus percepciones interoceptivas de hambre y saciedad, lo que es otro factor de riesgo en la alimentación emocional.

Partimos de la inhibición previa, es decir, existe una restricción que puede favorecer la alimentación emocional. Sin embargo, todavía no se ha demostrado si la restricción de la ingesta es una causa o consecuencia de la alimentación emocional.

Hay teorías que apuntan a que el comer restringido difiere del comer emocional, mientras que la restricción se asocia a una mayor ingesta de alimentos después de los factores de estrés. En el comer emocional está relacionada con una sobreingesta después de una percepción de estrés o amenaza.

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